Text version

Mario Pérez Tápanes

Mario Pérez Tápanes. . Director de Programación de la Fundación Municipal de
Cultura. Ayuntamiento de Valladolid.

CURRÍCULUM: Se licenció en Arquitectura por la Universidad de La Habana, ciudad en la que también trabajó como diseñador y actor para Teatro Estudio y el Teatro Nacional de Pantomima de Cuba hasta 1979.

En 1984 se incorpora a la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid. Es director de Programación desde 1989.

Fue director de la Muestra Internacional de Teatro y Danza de Valladolid, desde 1990 hasta su última edición en 1999, y es profesor de Escenografía en la Escuela de Arte Dramático de Valladolid desde 1984.

Creó en 1986 la compañía Mimoclán, Teatro de Pantomima, dirigiéndola hasta 1991.

Se ha encargado de la realización de las Galas de apertura y clausura de la Semana Internacional de Cine de Valladolid durante las últimas veinte ediciones.

En los últimos veinte años ha realizado diseños de escenografía y vestuario para más de cuarenta producciones. Las más recientes son “Eduardo II” de Etelvino Vázquez; “Macbeth” de Ernesto Clavo; “Mucho ruido y pocas nueces” de Lembit Peterson. Para Azar Teatro ha realizado, entre otros, los diseños de: “Delirios de mujer”; Los lugares de Isabel”, “Barrocorrol” y “Estrategia de la luz”.

¿PÚBLICO DE CALLE O PÚBLICO DE SALA?, por Mario Pérez Tápanes

Muchas personas que conozco, dicen que es fácil dar respuesta a esta cuestión, en cuyo fondo yace realmente una reflexión más que interesante sobre las artes escénicas que van marcando la apertura del nuevo siglo.

En los últimos quince años, la relación del espectador con los espacios escénicos, puestos a su disposición, ha tenido un proceso de enriquecimiento enorme. La apertura de miles de creadores hacia dramaturgias desbordantes de innovación tecnológica y al descubrimiento de la incorporación del espacio, como clave determinante del hecho teatral, ha ido conduciendo al espectador por un rico paisaje de experiencias y sensaciones, muchas de las cuales han establecido y consolidado nuevos caminos y poderosos aportes al lenguaje de las artes escénicas, aunque también, otros muchos creadores hayan fracasado en el intento.

Lo que es incuestionable es que, consecuentemente, se ha establecido un debate espontáneo entre espectáculo de sala y espectáculo de calle, entre espectador de sala y espectador de calle y, por supuesto, entre espacios abiertos y espacios cerrados. Lo cual implica interesantes enfrentamientos que, lejos de parcializar y sectorizar al personal esgrimiendo defensas y ataques como si de bandos rivales se tratase, deberíamos reconducir hacia un análisis más objetivo que fuera capaz de transformar los rechazos en simples diferencias o puntos de vista diferentes, es decir, intentar ser una vez más democráticos y no inquisidores o impositores.

La atmósfera teatral en una sala tiene un gran poder de seducción y envuelve al espectador en un diálogo muy directo y personal con la escena. Se tiene la sensación interna de estar solo frente al espectáculo, aún más, si una heredada y clásica oscuridad, es testigo de la situación. En la sala cultivamos el rito tradicional y social de ir al teatro, hay algo de pose ingenua y de rutina cómplice que no tiene nada que ver con la calidad del producto que vamos a ver, pero que impregna los vestíbulos y los corrillos de conversaciones hasta que la butaca nos recibe y se convierte en nuestro único soporte. Hay algo de cultivo de egoísmo en la observación personalizada, que muchas veces esconde y bloquea apoyado en la complicidad de la oscuridad de la sala emociones y sentimientos que son controlados y frenados, no aflorando en todo su esplendor.

Asimismo, la atmósfera teatral, que consigue la transformación de un entorno urbano o cualquier espacio abierto, también consigue seducir y en ocasiones mucho. El espectador parte de la ruptura de lo cotidiano y se relaja abiertamente hacia la percepción. Algo mágico le indica de inmediato que él es parte de la representación y que su presencia es tan viva, presente y evidente como la de los actores. Los espectadores se miran abiertamente y comparten mucho más entre sí, son mucho más conscientes de su presencia y de lo que aportan al espectáculo, por lo tanto las reacciones afloran de una forma más espontánea, desaparece la inhibición, se vive el espíritu de la complicidad y la propia desnudez de un aforo cuyo techo son habitualmente las estrellas o la luz del sol, contribuye a que el espectador se convierta en una masa única y determinante, con una fuerza feroz que resultará en sí misma el mejor envoltorio para el espectáculo.

Lo interesante y enriquecedor para todos sería el equilibrio de convivencia entre ambas posibilidades, lo que una aporta a otra como complemento y lo que la otra aporta a la una en carencia puntual. Hay que apostar por esta convivencia democrática en la que inciden reconocidos Festivales y encuentros escénicos. Ni lo uno ni lo otro a secas, no quiero ser espectador de sala ni espectador de calle, quiero ser espectador.









Printable version
ANDRÉS BELADIEZ ROJO