RAFAEL VEGA ESPAÑA Editor y humorista gráfico
CURRÍCULUM Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Valladolid, es director de la editorial Multiversa y de la empresa de comunicación Nuevo Cuño ediciones, actividad que compagina con la colaboración periodística en El Norte de Castilla como articulista, crítico de cine documental e historiador, y donde publica diariamente su viñeta bajo el seudónimo de “Sansón”.
En el ámbito teatral fue cofundador del grupo de teatro infantil “Fantasilla Racamandaca”, miembro de la Escuela de Teatro Aristófanes y coautor junto a Carlos Tapia del texto teatral “La conferencia”, puesto en escena por Azar Teatro.
TEXTO El aliento de la gigantea
En mayo de 1908, algunos meses antes de que la Casa Consistorial de Valladolid fuera inaugurada oficialmente, las autoridades locales promovieron la celebración de una misa de campaña en la Plaza Mayor para conmemorar el centenario de la guerra de la Independencia. El edificio, que aún estaba sometido a las obras de decoración interior, se convirtió, por tanto, en un fondo de escena contemporáneo. La dignidad eclesiástica, a salvo de la justicia celeste gracias al oportuno dosel de color rojo damasco instalado al efecto, presidió los oficios desde el balcón, frente a una multitud expuesta al sol que se ramificaba por las calles adyacentes.
Durante esta magnífica escenificación, la Plaza Mayor se reconcilió con la ciudadanía después de varios años de obras. El mismo espacio que albergó autos de fe, algaradas estudiantiles, piquetes obreros, procesiones y paradas militares retomaba la comunión entre acontecimiento e individuo. Los presentes a esta dramaturgia memorable debieron de sentir otra vez la presencia de un ente común que surge durante los momentos críticos; una gigantea cuya entidad se asienta en cada conciencia individual y cobra vida cuando la masa logra su orquestación. En suma, ésta volvió a respirar y abandonó la apnea inquietante de años anteriores que, de perpetuarse, hubiera arrastrado a todos ellos hacia la parálisis de su historia.
El teatro de calle no sólo esconde ese germen primitivo del acontecimiento, esa virtud fronteriza de los momentos críticos, capaz de transformar lo evanescente en remembranza, sino que alberga el poso de esta otra función, atávica y biológica, resuelta a componer un pulmón colectivo hasta dotarlo de presencia y convertirlo en una suerte de ser vivo. Acaso sea esta característica fundamental la que, reposada en las artes de calle, encoge las entrañas de los espectadores y los advierte de su propia trascendencia cada vez que la gigantea despierta y lanza un suspiro.
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